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NUNCA MAS




Desde niña que leo cuentos de terror. Siempre me gustaron. Hasta que leí una vez, cuando ya no era una niña, un libro que no era un cuento, era real. Y no era de esos libros para asustarse de miticas criaturas, de posesiones diabólicas o de hombres lobos.
Era el libro NUNCA MAS.
Monstruos reales que eran tan poderosos, que podían dominar todo un país.
Hechos tan sangrientos y morbosos, torturas que superaban cualquier degeneración imaginaria.
Todas aquellas bestias imaginarias de mis cuentos de niña, eran bebés de pecho al lado de Videla, Massera y demás personajes.
La Iglesia estaba con ellos, era su cómplice. Recuerdo que yo iba a una escuela de monjas en Flores en los años de la dictadura. En misa nos hacían rezar por Videla para que lo ilumine y saque el país adelante, y nosotras tiernas criaturas de primaria, no sabíamos lo que hacíamos.
Ninguna tortura, ningun acto de maldad de aquellos cuentos, eran como los que lei en el Nunca Más.
A qué escritor por mas degenerado o perverso que sea, por ejemplo, podia ocurrirsele torturas en el vientre de una mujer embarazada ? A que mente trastornada puede ocurrirsele los vuelos de la muerte o demás atrocidades?
Lo que le agregaba aún mas terror a la lectura de ese libro, era que ni siquiera, los militares tenian un lado vulnerable, como las bestias imaginarias. No habia antídotos, rezos, ni cruces que los frenen. Hasta había curas entre esos monstruos.
Nunca más, después de leerlo, sentí miedo con cuentos de terror.
Con el Nunca Más, aprendí lo que era el verdadero terror, porque los monstruos existen y pudieron dominar a todo un país.

Todavía sigo en pie




Si tuviera que pensar como me veo hoy, que no sé adonde me arrastrará la vida....hoy me veo como un frondoso árbol al que se le están viendo las raíces.
Nací porque el viento llevó esa semilla a tierra fértil. Tierra árida y fértil a la vez.
De una débil raíz, salió un tallito bien erguido, que el viento y la sequía fueron haciendo fuerte. El viento materno, cada vez que me hacia mover, me sacudía hasta el límite de quebrarme.
La sequía era la ausencia de padre que, sin embargo, estaba presente en mis pensamientos. Hasta los quince años, todos los 25 de diciembre esperé su llamado de feliz cumpleaños. Jamás sucedió y ya a los dieciséis años, me olvidé de ese molesto asunto.
Para ese entonces, yo era un arbolito con poquitas ramas, que me ayudaban a respirar y a alimentarme. Esas ramas eran mis abuelos y mis tíos maternos.

Mis tíos me dieron el amor por la lectura. En mi niñez solía ser una planta enferma y débil y cada vez que eso sucedía, me regalaban un libro.
Mi abuela, me alentó siempre a ser una buena persona y hacer el bien sin mirar a quien. Yo quería serlo, pero nunca me pregunté para que.
Mi abuelo, me enseñó a interesarme por la pintura, la mitología griega y las obras de Nietzsche.
O sea que las mejores cosas siempre las aprendí de mis ramas y no de mis raíces...

Seguí creciendo, las ramas iniciales fueron muriendo y nacieron nuevas ramas que también murieron y otras que hasta el día de hoy, siguen conmigo. Esas ramas son mis hermanos de sangre y los hermanos elegidos, que son los amigos.
He perdido algunas, pero igual sigo creciendo. Porque eran necesarias para crecer, pero luego al caerse, quedan otras, como otras que nacen y oxigenan la planta, que ya es árbol.

Este árbol dio tres frutos, mis hijos, que son por los cuales, aunque la tierra siga siendo árida, aunque pierda ramas, aunque las visibles raíces están amenazando con secarse para suicidarlo, hacen que este árbol todavía quede en pie.